Hay viajes que se hacen con maleta y otros que se hacen con mochila. A BioCultura Barcelona 2026 fuimos con las dos, y volvimos con la maleta igual de llena pero con la mochila desbordada: sabores, sabiduría, olores, colores y muchas ideas para seguir creciendo.
Durante tres días, del 7 al 9 de mayo, recorrimos los pasillos de una de las ferias de producción ecológica y consumo responsable más importantes del país. Lo que sigue es la crónica de esos días: lo que vimos, lo que probamos y, sobre todo, lo que nos trajimos de vuelta a la finca.
De Tenerife a Barcelona: cultivando redes en BioCultura 🍅🍅🍅
Estos días hemos cambiado el aire de nuestra Finca Ecológica LaCosta por el bullicio de BioCultura en Barcelona. ✈️🥦
Como parte del grupo de Mujeres de Tenerife en Red, hemos ido a compartir nuestra pasión por la tierra y a demostrar que la agricultura tiene rostro de mujer y corazón canario. 🇮🇨👩🌾
Ha sido una experiencia increíble llena de:
- ✅ Intercambio de semillas y saberes.
- ✅ Charlas sobre consumo responsable.
- ✅ ¡Y muchas risas! 😂🥦
Volvemos a la isla con la maleta 💼 llena de ideas y el corazón contento por seguir tejiendo redes. 🙌🏾 ¡Gracias a todos los que nos saludaron por allí! 💚
Jueves 7: fermentación, bebidas vivas y los primeros stands
Empezamos por un show cooking de fermentación artesanal y bebidas vivas de la mano de Biocop. El kéfir y la fermentación dan para mucho, y salimos pensando en una idea concreta: proponérselo a algún chef que nos compre las aromáticas, las flores y la fruta de temporada de la finca. Las cosas buenas casi siempre empiezan por una conversación.
De ahí, a los stands. Nos detuvimos en L’Hortiga, una cooperativa de agricultura ecológica que nos enamoró por sus cestas y, sobre todo, por su forma de trabajar en red. Probamos los zumos y conservas de Cal Vals, las infusiones de Artemis Bio, la salsa picante de pimientos de Padrón de Padrasco y las castañas de Castanyes de Viladrau, con sus visitas guiadas. También cayeron los chocolates de Solé, pioneros desde 1946, y los quesos premiados de Betara, incluido uno con pétalos de flores que era un pequeño cuadro.
Hubo dos paradas que nos dieron ideas para casa. Los germinados y brotes tiernos de Kimuak, con una imagen, unas etiquetas y una presentación que tomamos como inspiración para lo que ya hacemos nosotras. Y la conversación con Castanyes de Viladrau, que nos recordó lo potente que es tener un cultivo estrella propio —como podría ser nuestra pimienta palmera— y un espacio para visitas guiadas donde enseñar los endemismos, las tabaibas, los cornicales y todo lo que crece en la finca.
Qué gratificante compartir tantas experiencias y actividades en torno a la tierra. Cada stand era una forma distinta de cuidar lo que comemos.
Viernes 8: trazabilidad, etiquetas y un proyecto que nos enamoró
El segundo día arrancó con un ejercicio práctico para entender la trazabilidad y aprender a leer las diferencias entre etiquetas bio. Lo remataron con un aliño de saúco de lo más curioso, una de esas pequeñas lecciones que se quedan.
Seguimos catando: las cervezas artesanas y bio de Cal Margarit, hechas con castañas y saúco, y la sidra dulce, la tradicional y el vinagre de sidra de Somarroza. Pero el proyecto que más nos marcó fue la Fundación Amalurra. Está impulsada por una red de mujeres, como nosotras; tienen huerto propio y en su hotel cocinan con lo que recolectan. Manejan un recurso que llaman «Impulso», pensado para que todas salgan adelante. Salimos de ahí con la sensación de habernos encontrado con algo muy cercano a lo que somos.
El resto del día fue un paseo por la diversidad: el Tambor Feliz y su melodía, las semillas de Quico Barranco en Madre Tierra —ese stand nos lo queríamos traer entero—, la filosofía de El Jardín de las Lilas, el ingenioso stand «Comiendo Mentiras» sobre cómo el marketing nos cuela el azúcar, una joyera cordobesa que trabaja con hilos de plata, y Esencia de Presencia, donde el nombre lo decía todo: flores, colores, aromas y conexión.
Rodearse de un ambiente tan diverso hace que las ideas afloren. Conectas con todo lo que te gusta —la música, las flores, las semillas, el legado, el arte— y entiendes que viajar también es una forma de cultivar.
Sábado 9: el Mercado de la Tierra y la vuelta a casa
El último día fue más rápido. En metro hasta Plaza España, dejamos las maletas en un Urban Locker y nos regalamos un paseo por el Palacio Nacional y la Fuente Mágica de Montjuïc antes del almuerzo, con unas vistas maravillosas.
Lo más nuestro de la jornada fue la visita al Mercado de la Tierra, en el Parque de las Tres Chimeneas. Hablamos con la organizadora y nos explicó las dificultades que tienen, mucho mayores que las que vivimos aquí. Escuchar cómo otros sacan adelante un proyecto parecido al tuyo, en un contexto más complicado, pone las cosas en perspectiva.
Hasta el alojamiento dejó poso: un apartahotel con una fachada que representaba una verdadera simbiosis rural, naturaleza dibujada sobre el edificio. Un buen cierre para un viaje que iba justo de eso.
Lo que nos traemos a la finca
Volvimos con la mochila llena de sabores, sabiduría, olores, colores y mucho más para seguir creciendo. Pero también con tareas concretas: cuidar más la presentación y las etiquetas de nuestros productos, apostar por la venta directa y las visitas guiadas, y buscar alianzas con cocinas que valoren las aromáticas, las flores comestibles y la fruta de temporada que cultivamos.
Si quieres ver de dónde sale todo esto, te invitamos a conocer la finca o a vivirla de cerca en alguna de nuestras actividades en la finca. Porque, como nos repetíamos entre pasillos: tenemos que viajar más, chicas. Y volver siempre con la mochila llena.
